Exposiciones actuales

Maria Bofill

Montañas del alma

Las montañas del alma se podrían considerar una variante de las casas del alma, aquellas primeras que descubrió W. M. Flinders Petrie a principios del siglo XX y que eran maquetas de cerámica que se colocaban encima de las tumbas en el antiguo Egipto. Primero eran maquetas cerámicas solamente de mesas con comida y más tarde ya maquetas de estructuras arquitectónicas dentro de las que quedaba resguardada la comida y acogido aquel que comía. Se entendía que el alma ascendía desde la tumba atravesando la tierra que había encima y necesitaba abrigo y alimento antes de emprender su viaje, parándose en aquel espacio cerámico para abastecerse para viajar. Las montañas del alma de Maria Bofill se asocian a ellas porque son espacios para contener nuestro espíritu, protegerlo y alimentarlo en nuestro caminar vital. No son espacios para contemplar ni para manipular, sino para habitar, para recorrer, si bien no con los pies, mas con la imaginación. A veces, para asegurarse que entramos en ellas y las ocupamos, Bofill construye unas diminutas puertas en las montañas: son el espacio de paso que ella nos facilita.

Algunas de estas montañas del alma son literalmente colinas en miniatura realizadas con porcelana o gres refractario. Participan de toda la tradición humana de la reproducción a escala reducida del mundo. En Europa, existe la tradición pesebrista o los “jardines de salón”, muy parecidos a las maquetas halladas en las tumbas egipcias. La práctica oriental de la miniaturización de la naturaleza viva es esplendorosa, como el suiseki (piedras-paisaje), el ikebana (recreación de paisajes con material vegetal vivo), el bonsái (árboles enanos) o los jardines meisho de la época Edo que reproducen vistas famosas de las islas de Japón. Son la creación de un mundo posible, más bello, más propicio.

Otras veces, las piezas de Bofill recogen el sentido de las montañas pero a través de otras formas. Como las nubes que se podrían considerar metonimias de porcelana, ya que representan las montañas por contigüidad. O como los capiteles, todos ellos de porcelana, o las columnas, éstas en gres que también expresan el ser montaña. Los capiteles constituyen una plataforma desde donde mirar más allá, a menudo ubicados encima de una columna como los eremitas estilistas que, sostenidos por estos soportes, intentaban aislarse a la vez que acercarse al cielo en sus meditaciones encaramados sobre los pilares. Estas obras actuales de Bofill confraternizan con los paisajes miniatura y los laberintos de porcelana que solía construir con anterioridad, espacios que para ella tienen un secreto mágico y oculto, espacios que te aprovisionan con elementos arquitectónicos que te elevan y te posibilitan superar muros, pantallas obstáculo para abrirte al espacio infinito.

Las obras de Maria Bofill son arquetípicas en dos direcciones. “Arquetipo” significa “modelo originario”: del griego “arkhé”, principio; y “typos”, forma, molde. Un arquetipo, pues, no es un elemento individual sino una matriz a partir de la que fabricar. Las nubes, peces, montañas, arquitecturas de Maria Bofill son arquetipos; concentran en ellos los atributos de su sentido y simbolizan a todos los seres posibles de su clase. Además, las piezas de Bofill son arquetípicas también en relación a la cerámica como actividad humana. Todo el recorrido de Bofill como ceramista es una búsqueda del arquetipo cerámico. Para conseguirlo ha tenido que perfeccionar virtuosamente la técnica y a la vez librarse de ella por completo.

Bofill trabaja con las formas funcionales originales del barro, como los cuencos, las cajas, las tapas, los platos… todos ellos instrumentos de uso, y conoce su manufactura como el mejor artesano. Con dos cuencos hace un huevo, un guijarro, los astros, peces; con una caja hace un cubo, un cojín de aire, una nube, casas; las copas son cuencos elevados, los capiteles son copas con tapa; los laberintos, los zigurats son platos sin base inscritos uno dentro de otro, los paisajes son platos sin canto que sostienen a modo de bandeja. Todavía más básico, los cuerpos simples, los principios de toda producción cerámica, el montón de barro o bola, los churros o filamentos, las placas o planchas, casi sin modificación, así, en bruto, ya constituyen criaturas: los churros son olas de agua, el mar, las nubes; las placas de porcelana son muros, arcadas, campos… Es como si Bofill, a lo largo de los años, hubiese identificado los atributos básicos de todo recipiente cerámico y crease a partir de ellos generando así tipos arquetípicos cada vez más esenciales.

En los últimos tiempos, esta capacidad de alcanzar lo esencial ha llegado a una fase primigenia, en una especie de regresión a un estadio primitivo de la cerámica, como manifiestan las grandes montañas de tierra refractaria que se nos presentan a modo de masa de barro casi informe, enunciando el comienzo de todo, con las huellas dactilares medio impresas expresando el primer rastro, la traza formativa. En este estadio reside la formulación de la máxima libertad artística a que ha llegado Maria Bofill.

Anna Pujadas, comisaria de la exposición.

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