Exposiciones actuales

Enrique Asensi

Espejos de piedra

“Todo arte verdadero aborda algo que es elocuente, pero que no acabamos de entender. Elocuente porque toca algo fundamental. ¿Cómo lo sabemos? No lo sabemos. Sencillamente lo reconocemos”. Reescribo esta cita de John Berger, recogida en su libro Sobre el dibujo, después de visitar por primera vez Can Maginet, donde se despliega el impresionante Parque de Esculturas de Enrique Asensi. Entre las vides y rodeando la casa-taller del artista, brotan monumentales volúmenes de piedra y hierro. Son piezas contundentes, erigidas a modo de tótems, que recuerdan construcciones colosales, como menhires o zigurats. En algunos casos, las grietas en la piedra o el hierro, pequeñas aperturas como aspilleras, transforman las esculturas en puertas y ventanas que encuadran o destacan determinadas porciones del paisaje, alineándose con el horizonte, con un camino, o dejando pasar un rayo de luz. Las más herméticas pueden llegar a mimetizarse con el entorno, o actúan casi como espejo reverberante, forzando sombras y juegos de ocultación.
 
Asensi suele trabajar con hierro corten, un material de tonalidades amarronadas. Pero, en la cantera, escoge la pieza atendiendo a las diferentes pigmentaciones. El resultado es una escultura cada vez más depurada, en la que el artista prescinde de todo lo que es superfluo y se centra en formas sencillas y nítidas, para llegar a lo esencial. Se sumerge en los materiales, los conoce y los sabe tratar, cortar, quemar y pulir, buscando el equilibrio y la harmonía entre los minerales y los metales. Es un proceso lento y costoso. Algunas losas pueden convertirse –con mayor o menor intervención del cincel– en lo que él mismo denomina “esculturas murales”. A menudo combinadas con acero, y apoyadas sobre la pared, se convierten en sugerentes esculturas pictóricas; obras que descansan firmemente sobre el suelo, como si siempre hubiesen estado ahí. Al público le llegan fácilmente asociaciones de puertas o portales que le invitan a adentrarse en territorios desconocidos.
 
Con cera caliente sobre madera, el escultor pinta cuadros que –trabajados con fuego, cincel, hacha y cuchillos–, se acercan a la escultura. Obras que conservan su autonomía pero que, a veces, resultan ser apuntes en rojo (o blanco) sobre negro para posibles monumentos. Condicionado por la espontaneidad de la materia, busca de forma rápida esbozar, entre líneas, figuras concretas. Las esculturas pequeñas, realizadas preferiblemente con alabastro y hierro y presentadas en grupo sobre mesas a medida, también operan como primeros esquemas o croquis. Otras veces se trata solamente de cuatro garabatos en un pedazo de papel. En estas hojas, el artista imagina siluetas que huyen de geometrías preestablecidas, e indica medidas y pesos, pensando en la imagen a realizar, aquella que desea que el espectador retenga, donde se mire como si fuesen espejos de piedra, y a partir de ella se desborden planteamientos existencialistas, más allá del ahora y el aquí.   
 
La propuesta de Asensi ultrapasa el espacio, el de la propia sala de exposiciones donde ahora nos encontramos: sugiere un estado emocional que trasciende el presente y se proyecta, enigmática, hacia el futuro. Y es que una parte importante de su escultura permanece al azar de las inclemencias meteorológicas: se oxida y se erosiona, entregándose completamente al inexorable paso de las estaciones. No en vano, el creador, que rellena su vocabulario con palabras germánicas, se refiere a la idea de zeitlos (‘sin tiempo’) para abrazar la intemporalidad.
 
Esta exposición, con algunas piezas inéditas, quiere ser una aproximación a la abstracción geométrica de Asensi. Se muestra una selección de su producción puertas adentro, resguardada por las imponentes bigas y jácenas de Josep Puig i Cadafalch que sostienen la sala. Tal como defiende Berger, “el arte no sirve para explicar lo misterioso. Lo que hace el arte es facilitar que nos demos cuenta de ello. El arte descubre lo misterioso. Y cuando se percibe y se descubre, se hace todavía más misterioso”. Es Asensi en estado puro. 
 
Aina Mercader, comisaria de la exposición
 
Enrique Asensi (Valencia, 1950) se formó en la Academia de Bellas Artes de San Carlos en Valencia. El 1977 se trasladó a Alemania, donde descubrió la escultura abstracta. Es en este país donde desarrolla la mayor parte de su trayectoria. Su obra ocupa espacios públicos en diferentes ciudades y pueblos de toda Europa. Además, ha expuesto de manera individual y colectiva en galerías y centros de arte de Alemania y España. Vive entre Colonia y Les Gunyoles (Avinyonet del Penedès, Barcelona).

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