Exposiciones actuales

Salvador Juanpere

La voz de fondo de la escultura

La larga trayectoria escultórica de Salvador Juanpere está marcada por fuertes interrogantes sobre la razón de ser de la escultura, que combina con un gran respeto por los escultores atrevidos que le han precedido, de los que extrae pensamientos, comparte ideas sobre cuál sería el origen de la forma y especula con ellos, con filósofos y escritores sobre las complejidades de este oficio. Con el objetivo de relativizar la supuesta genialidad del quehacer artístico, ha trazado un mapa conceptual de todo lo que le rodea y hace aparecer un interesante mundo subyacente al hecho escultórico, que deja de ser secundario para crear imágenes poéticas. Juanpere consigue dar categoría escultórica tanto a los soportes materiales como a los conceptuales al tratarlos como a sujetos representables. El trabajo de Juanpere es un elogio permanente a la dualidad, intelectual y procesual, intrínseca al trabajo del taller.

Esta exposición pone el acento en el acto iniciático, de confluencias indefinibles, que tiene que ver con la disposición para crear y sus problemáticas inherentes. En la obra De massa unde fuit plasmatus Adam (1238) el artista nos recuerda que la forma más primigenia para cualquier creador es el molde de la propia mano. En la obra Et requievit die septimo, concebida hace casi tres décadas, la mitología religiosa de los seis días de la creación y el séptimo para descansar se funde con cada uno de los seis elementos (los quarks, elementos básicos de materia observados en los túneles de aceleración de partículas), sugiriendo que los nombres puestos por los científicos podrían haber marcado, día a día, el guion de la creación, en un intento de hacernos notar la vertiente espiritual de la ciencia.

La instalación realizada para esta exposición con catorce piedras de la propia montaña de Montserrat, Aquél que talla esculturas no hace sino acelerar el desmenuzamiento de las montañas, evoca unas palabras que Marguerite Yourcenar pone en boca del escultor renacentista Miguel Ángel. La mirada de Juanpere sobre la sierra de Montserrat no podía quedar ajena a sus frecuentes disquisiciones sobre la doble condición destructiva-constructiva respecto a la naturaleza que contiene el acto de la creación. Las placas de acero con la frase explícita se incrustan dentro de cada piedra; parece que sierran la montaña en un curioso juego metalingüístico con la denominación mont-serrat (“monte serrado”) y, sobre todo, apelan a la idea de poner la primera cuña y abrir la piedra para abordar la acción creadora.     

El proceso creativo en sí mismo comporta un debate permanente entre deseos y renuncias, retos y fracasos, empatías y soledad vividos por el artista. La obra Berufung (que significa “llamada” o “vocación”, tanto religiosa como artística), reproduce fielmente cinco veces la piedra que la conocida escultura del David de Bernini tiene bien visible en la mano. Según la Biblia, llevaba cinco piedras en la bolsa para enfrentarse al gigante, al que venció al primer intento. Estas minúsculas piezas de mármol, como Juanpere explica, “evocan una reserva disponible de proyectiles, puestos al alcance para ser lanzados”. Simbolizan la actitud ejemplar de superación y la posibilidad de acertar, a veces contra todo pronóstico.   

Una doble conciencia ontológica acecha desde siempre en el trabajo de Salvador Juanpere. Por un lado, referida a la materia. La finca del campo tarragonés donde desarrolla su trabajo artístico, al pie de la imponente sierra de la Mussara, donde tiene sus raíces familiares, le ha legado una especial creencia en la fuerza telúrica del territorio, de donde emana una vena táctil vinculada a una fuerte intimación con las piedras. Una segunda conciencia ontológica le ata estrechamente a la historia del arte. En la obra Hurtos (Puso Dios en el mundo la belleza para que fuera robada), extraída de Ortega y Gasset, Juanpere desplaza el sentido de la belleza de los antiguos cánones estéticos a las nuevas relaciones con materiales aportadas por artistas como Penone, Tàpies, Cragg, Buren, Laib o Beuys. Cada caja contiene un elemento escultórico específico junto al nombre de su autor, escrito en minúscula para manifestar que aquello que parecen hurtos, objetos apropiados de cada escultor, en realidad son más bien semillas que pueden haber germinado en él. Los escultores con quien comparte complicidades, como dice el propio artista, “proveen al mundo de posibilidades latentes que erran como un polvo”.

Al inicio de su carrera artística aparece el interés por Caravaggio, a quien ya rindió homenaje en una pintura de 1977. En esta exposición retoma este interés con una cita sobre la pintura San Jerónimo penitente del Museo de Montserrat. Juanpere extrae de la oscuridad barroca el esquema esencial de la imagen con un pequeño dibujo transferido en medio de un fondo blanco impoluto del tamaño de la famosa pintura. A los pies del dibujo, una espada emergente de un gran bloque de mármol lleva la inscripción Nec Spe Nec Metu (“sin esperanza, sin miedo”), un lema de Isabella de Este que el artista hizo suyo y que da nombre a la obra. El artista mira al hombre en pequeño que hay tras las grandes figuras del pasado. De San Jerónimo pone énfasis en las manos sabias surcadas por el trabajo al sol, como serían las de un agricultor, y en los dos cráneos como recipientes de vida y muerte de las ideas. Del gran pintor barroco rescata una herramienta personal, más mundana: la espada que Caravaggio usaba para defenderse en las múltiples contingencias de la vida cotidiana. Al entender de Juanpere, la frase inscrita en la hoja de la espada “alienta a encarar causas difíciles, pese a que cada hombre es un pequeño átomo dentro del universo”.

Teresa Blanch
Comisaria de la exposición